No recordaba que hace muchos, muchos años, visité la ermita de San Saturio de Soria. Esa imagen antigua, y tan lejana, se convirtió, sin saberlo, en una idea poética que rondó mi imaginación durante más de veinte años. La ermita sobre un peñasco y sobre todo, las aguas del Duero, mansas y oscuras, se mezclaron con el otro paisaje soriano de mi infancia: la Laguna Negra, sus leyendas y sus profundidades. Situé San Saturio sobre las grandes paredes que circundan la laguna y para llegar a la ermita dibujé en mis recuerdos un sendero estrecho con barandillas de madera.
Pasó el tiempo y visité de nuevo la gran laguna, pero allí no había rastro de santos ni ermitas ni barandas de madera. Me quedé extrañada, confundida, ¿qué broma era aquélla?, ¿dónde estaba aquella ermita?
No pasó mucho tiempo cuando vino a aliviar mi pesadumbre un folleto turístico de la ciudad de Soria; en la portada había un sencillo dibujo de aquella imagen perdida. Ahí estaba, la ermita de San Saturio. Por fin, todo en su sitio.
Una mañana de finales de este verano visité de nuevo Soria, acompañada de tres mujeres. Mila, la anfitriona, nos guió con esmero por la historia, el arte y la gastronomía de su tierra. Y por la tarde, volví a encontrar, después de mucho, mucho tiempo, aquella ermita perdida, al final del camino, sobre una peña. Me agradó el paseo por el río y el reencuentro con el paisaje, pero a veces, cuando la realidad te asalta sin piedad, una prefiere aquellos momentos en los que no supo muy bien dónde estaban los límites de la ficción.
Mi infancia son recuerdos..., esta frase, claro está, en homenaje a Don Antonio y sus caminos.
Helena Ortiz Viana
18-9-2006
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